lunes, 12 de diciembre de 2016

El fin de trimestre por navidades

Cómo definir ese momento tan especial como el fin de trimestre.
Para los alumnos es el momento en que dejan de ir a clase y comienzan las navidades.
Para los padres el momento en que te llega un papel con las notas de tus hijos, algo que te ves venir y en raras ocasiones, sorprende.
Sin embargo para los maestros, ese fin de trimestre comenzó, no el último día del mismo sino semanas antes, normalmente por este fin, más o menos de entre 2 a 3 semanas antes, o sea, más o menos cuando comienza a salir por la tele el anuncio de la lotería de navidad.

Sabes que llega el fin de trimestre cuando por la tele, radio y prensa comienzas a ver los anuncios de la navidad, los turrones, la lotería... o también cuando los coordinadores comienzan a hablarte de resultados de trimestre, entregar actas, informes y demás papeleos varios.

¿Qué significa eso?
Comenzar a recopilar datos juntando todo lo que has ido viendo a lo largo de estos 3 meses (y días), las medias de los exámenes con la actitud y el trabajo diario, calculadoras echando humo por los porcentajes, esos redondeos de las notas a la alza sonriendo y pensando en lo bien que lo han hecho (o lo mal y esa ayudita que le vas a dar para que se motive y mejore).
Hasta aquí lo que hasta el más profano de la profesión puede intuir, sin embargo, los que estamos dentro sabemos que hay más.

Comienzan los sudores fríos por esa sensación de que se te echa el tiempo encima, los nervios al echar la vista atrás y evaluar tu tarea en base a si vas cumpliendo con tu programación mensual, semanal y diaria. Son horas no solo tecleando como locos en calculadoras para hacer medias y porcentajes, sino también sintiendo ese retortijón en las tripas cuando ves cómo la media de tal o cual alumno se ve disminuida por la actitud o el trabajo en clase, las mariposillas en el estómago cuando ves que ese alumno que tanto se esfuerza por conseguir dar la talla o sacar lo mejor de sí mismo ha conseguido llegar a una nota mejor de la que esperabas, las sonrisas al redondear a la alza a ese alumno que ves que se ha esforzado lo indecible para poder mejorar, el sentimiento imposible de nombrar al tener que bajar una nota por la actitud o dejadez de un alumno. Las dudas sobre cómo se tomarán los padres esos números que quizás, solo quizás, siente que no expresa todo lo que ese alumno merece. 

En estos dos años he tenido ocasión de oír y comprobar la veracidad de varios rumores, meras leyendas urbanas que dirían otros, sobre este momento del curso. Me explico.
Hay profesores que adelgazan porque con los nervios dejan de alimentarse como deberían y pierden un poco de hambre, otros engordamos porque los nervios nos hacen comer, o mejor dicho picotear, más de lo normal. Los hay que van enfermando poco a poco. Irritaciones, sarpullidos (si, lo que oís, sarpullidos), sudoración en abundancia, noches de sueño irregular, a veces insomnio, cansancio que no sabes de dónde viene... oh, y lo mejor, algo que he descubierto recientemente, el estómago revuelto y a veces incluso náuseas.
¿Quién dijo que ser maestro es una tarea fácil?
Pues sí, el año pasado tuve ocasión de comprobar que es cierto que algunos maestros sufren de estas cosas según se va acercando el final del trimestre, este año he corroborado algunas y he tenido que añadir otras. El otro día, una persona en el bus me preguntó que a qué se debía el aspecto cansado cuando aún ni habíamos salido de Madrid. Era una estudiante universitaria de pedagogía, y mi respuesta fue contundente: se acerca el fin de trimestre.
¿Alguien conoce la célebre frase "Winter's comming"? Bueno, pues yo estoy por hacerme una camiseta que ponga: "End of trimester's comming", ya me gustaría a mí ver a los famosos personajes de GOT teniendo que pasar por esto, al lado de lo nuestro lo de sacar la espada y liarse a mandobles es un juego de niños. A fin de cuentas, nosotros no matamos pero en nuestras manos está mucha más responsabilidad que en manejar una espada; nosotros tenemos la responsabilidad de insuflar en decenas de cerebros de tiernos infantes los conocimientos y normas sociales necesarias para que, en un futuro ya no tan lejano, todos y cada uno de ellos sean capaces de ser individuos válidos de la sociedad (y eso sin olvidarnos de que cada uno de esos cerebros es diferente y aprende de diferente manera).

Por tanto, lo que para muchos es solo manejar una calculadora y poner números en base a esas cuentas, para un maestro es una larga tarea ejecutada durante meses que ve una conclusión 'momentánea' en diciembre, valorando no fríos números sino la evolución de esos números, el esfuerzo que el alumno ha puesto en conseguirlos, la actitud hacia la asignatura, el comportamiento hacia los que le rodean (otros alumnos, maestros, cuidadoras del comedor...)... en definitiva, todo-todito-todo.

Oh, y todo eso sin olvidarnos de que mientras estamos valorando todo eso, también estamos programando cómo vamos a desarrollar el tema que sigue, valorando si empezar algo nuevo y cómo proseguirlo con unas semanas de descanso de por medio en las que todos nos olvidamos un poco de lo que hemos hecho antes, pensando en cómo cuadrar las programaciones con los días de retraso que llevamos (si es que llevamos alguno), haciendo una valoración de cómo ha ido el trimestre y pensando cómo hacer para que el segundo trimestre sea mejor que el primero y se subsanen los pequeños errores que hemos cometido por el camino, preparando la función de navidad con nuestros alumnos, pensando en cómo haremos para que tal o cual tema que vamos a dar o hemos empezado sea más atractivo y llegue más fácil y significativamente a nuestros alumnos...

Y por si eso no fuera suficiente, hay que mencionar también que la gente que estamos haciendo esto tenemos nuestra vida fuera de los colegios en donde enseñamos (sí, lectores 'no-docentes', los profesores también tenemos vida más allá de las batas y las pizarras). Todos somos madres, padres, hijos, hijas, nietos, nietas, sobrinos, sobrinas... tenemos deberes familiares, cocinamos, hacemos la limpieza de casa, organizamos la unidad familiar, tenemos eventos familiares, familias que nos quieren y a veces nos necesitan... hay gente que acaba su jornada en el trabajo y tiene que ir a recoger a hijos para llevarles a tal o cual actividad extraescolar, cocinan la cena, preparan la comida para esposos e hijos del día siguiente, recogen a sus hijos de las extraescolares, los llevan a casa, les ayudan con los deberes, les dan de cenar, los bañan, los duchan, les ponen los pijamas, los acuestan, les leen el cuento de antes de dormir, los duermen, conversan con su pareja, se interesan por cómo ha ido su día, ponen lavadoras, planchan, corrigen, planifican, tienen vida de pareja o familiar, quedan con amigos, se dedican un ratito para si mismos para descansar... y finalmente dan por terminado el día y se acuestan pensando aún que el día que va a llegar al día siguiente será tan bueno o mejor que el que acaban entonces.
Un poco estresante ¿no? Pues un maestro hace todo eso, a diario.

Así que... dicho todo esto... solo cabe rezar para que el bien esperado descanso llegue pronto y poder disfrutar todos de ese bien merecido descanso.


martes, 22 de noviembre de 2016

Mecanismos de defensa

Hoy la cosa va de psicología, filosofía y un toquecito de educación.

De acuerdo, sé que este artículo no tiene mucho que ver con ser 'maestra' ni con vivir 'fuera de casa', pero... alguien me dijo una vez que en el fondo, todo está conectado con todo.

Hoy en el cole, observando a un niño a la salida de clase, me vino a la mente el tema de los amigos imaginarios (sí, lo sé, tengo conexiones que se escapan a la lógica normal, me ha venido el tema a la cabeza en ese momento simplemente porque el niño parecía jugar corriendo como si escapara del aire, aunque igual simplemente corría un poco y luego volvía con su padre o madre). El caso es que de pronto, hace un rato me volvió el tema a la cabeza, y entonces comencé a hacerme preguntas.
 ¿Es algo malo? ¿Es algo exclusivo de la infancia? ¿Por qué unos niños sí pero otros no?... Así que me he dado cuenta de que por mucho que sea maestra, este tema es algo que me venía grande y del que poco o nada sabía (como de tantas otras cosas, normal, nadie sabe todo de todo).
El caso es que me dije "Anda, ya es tarde, he acabado mi trabajo en casa, he terminado mi sesión de estudio, he preparado la cena y solo estoy viendo la tele. ¿Y si dedico unos segundos a ampliar mis conocimientos y trato de contestar alguna o varias de las preguntas?"
Pues dicho y echo, ¿para qué existen los ordenadores e Internet? Pues para tener acceso a información de todo tipo en cualquier lugar con Wifi.

Primera pregunta del aluvión que me asaltó de golpe: ¿Qué es de verdad un amigo imaginario?
Respuesta tras cotejar varias webs de apariencia fiable: Un amigo imaginario es una persona, animal o cosa que nos sirve para multitud de propósitos que se pueden resumir vagamente en ayuda para superar situaciones difíciles, apoyo moral, compañía o para suplir carencias.

¿Es algo malo?
Respuesta: No, es un mecanismo de defensa. A NO SER, que ese amigo imaginario nos perjudique.
Ejemplo: Un amigo imaginario que nos hace compañía y nos da consejos o nos consuela es bueno. Un amigo que nos incita a pegar a otros niños, poner zancadillas, hacer daño a otros o hacérnoslo a nosotros mismos ya no lo es, de hecho en casi todas las respuestas que he encontrado lo asocian a un problema psicológico y, de verdad que no he querido seguir por ahí pero solo diré que en todas decían que quien tiene un amigo que te incita a hacer cosas malas o dañinas necesita ir a un psicólogo pero YA.

Siguiente pregunta: ¿Es algo exclusivo de la infancia?
Respuesta, y esta va a sorprender (a mí me ha sorprendido): No. Es más común en la infancia, pero no algo exclusivamente de esta o que sea insano en un adulto; de hecho, en varias páginas he leído que tener amigos imaginarios está asociado a la infancia, adultos y, sorpresa-sorpresa, tercera edad asociado a demencia senil y alzheimer. Evidentemente solo he profundizado en los dos primeros casos, más que nada porque me interesa en la infancia por mi trabajo y en los adultos por mera curiosidad (¿si un niño tiene un amigo imaginario de un elefante rosa como en "Del revés", un adulto tiene un amigo imaginario con apariencia de un famoso como en los sueños de "Los Simpson"?) Lo que me lleva a la siguiente pregunta, que por cierto voy a reformular como otra ligeramente diferente.

¿Por qué unos niños sí pero otros no? o también reformulado ¿A qué se debe la creación o aparición de un amigo imaginario?
Respuesta: Como ya he dicho antes, se suele asociar a que es un mecanismo de defensa. Es decir, una explicación más básica, un amigo imaginario es algo que nuestro subconsciente crea para protegernos interiormente de algo, generalmente una situación difícil para nosotros. Y cuando digo 'situación difícil' no quiero decir necesariamente que te peguen, se rían de ti, tus padres se estén divorciando o se haya muerto alguien a quien querías. Hay muchas cosas más que suponen situaciones difíciles para uno. Puede ser un examen que te estresa, un error que has cometido, miedo a algo... muchos motivos y muy varios.
Sin ir más lejos, voy a poneros un ejemplo que sí que puedo recordar, no de haberlo visto sino de que me contara alguien que conocía.
El sujeto de observación que dirían los científicos era una niña, no me especificó edad exacta, de la franja de entre 5 y 9 años, que al parecer era vecina suya. Me contó que sabía que esa chica tenía un amigo imaginario. Al parecer el amigo imaginario era un niño de edad similar a ella, un compañero de juegos y bromas.
Ahora que me paro a analizarlo, resulta que las respuestas a mis dudas que he leído en Internet cobran sentido. La niña de la que me habló mi conocido era una niña que sacaba buenas notas, se preocupaba por los exámenes pero tampoco se estresaba propiamente dicho. Sin embargo, resulta que era una niña que sufría de mofas y a quien sus compañeros dejaban de lado en clase. De primeras, uno no esperaría que una persona inteligente tuviera algo como un amigo inteligente, sin embargo, y esto ya es una hipótesis propia, en este caso me temo que el amigo imaginario surgió por la necesidad del sujeto de observación de sentirse parte de un grupo, por la necesidad aristotélica de sociabilizar ("El hombre es un ser social por naturaleza." Aristóteles); es decir, como a la niña la dejaban sola, su subconsciente creó ese amigo imaginario para que ella pudiera desarrollar sus habilidades sociales.

De hecho, al parecer han hecho estudios psicológicos en alguna universidad, y en una americana resulta que preguntaron a varios universitarios (evidentemente ya adultos), si en su infancia tuvieron amigos imaginarios. La mayoría habían tenido uno o varios, en uno o varios momentos de su vida, coincidiendo incluso con que alguno lo mantenía en su edad adulta. Resulta, que además el estudio demostró que aquellos sujetos de estudio que habían tenido amigos imaginarios tenían más desarrolladas sus habilidades empáticas y comunicativas, llegando incluso a demostrar un nivel lingüístico superior a la media.

A la luz de este estudio, creo que se vuelve a contestar la pregunta de si tener un amigo imaginario es algo malo. No, no lo es, en cierto modo es incluso bueno. SOLO en cierto modo, no por el amigo en sí sino por lo que causa que se cree ese amigo imaginario. Me explico, lo malo no es el amigo en sí dado que, al parecer, contribuye al desarrollo de varias áreas cognitivas y da apoyo moral y reconforta a la persona que los crea; lo malo es que ese amigo surge de la sensación de soledad o de la necesidad de apoyo extra para superar alguna situación.

En conclusión, y ya lo dejo que a estas horas 'filosofo' que da gusto... me ha sorprendido descubrir que algo que no acababa de entender demasiado pero que me resultaba intrigante y me preocupaba incluso que fuera algo 'malo', es en realidad un mecanismo de defensa, algo creado para ayudarnos moral y psicológicamente a nuestro bienestar personal, y que de hecho, no solo se da en la infancia sino también en la adultez e incluso hasta llegar a la senectud; algo que solo es malo si nos hace 'hacer algo malo o que nos haga daño a nosotros o a otros'.
Lo que me lleva a pensar... ¿a los 'no-demasiado iniciados en la psicología' nos parece que solo los niños tienen amigos imaginarios porque sea más frecuente en esa edad o es más bien porque los adultos tenemos la falsa creencia de que tener un amigo imaginario además de 'raro' es algo como un estigma y por tanto no lo confesaríamos ni bajo tortura y lo escondemos por las connotaciones negativas que 'ser extraño' conlleva?
Creo que le preguntaré a la almohada por esta pregunta. Buenas noches, a quien pueda estar leyendo esto.

martes, 15 de noviembre de 2016

Los hijos

"Los hijos, esos seres que te dan y te quitan la vida a su antojo. Seres a los que proteger, cuidar, ver crecer y un día despedir para ver que ellos siguen creciendo y avanzando pero ya no es de tu mano."

Creo que nadie que sea padre/madre puede negar esto, sin embargo, hay otras personas que también pueden dar fe de la veracidad de las afirmaciones arriba formuladas, y esos son los maestros.

Yo soy maestra, aún no he traído ninguna vida a este mundo y sin embargo, siento cada una de las palabras de la afirmación con la que comenzaba esta entrada como ciertas; a fin de cuentas, qué somos los maestros más que padres y madres, en cierto modo, de nuestros alumnos.

Hay gente que ve a los alumnos como meros entes a los que instruir, en cuyas cabezas meter conocimientos porque nos pagan por ello. Sin embargo, yo hace tiempo que decidí que no quería pertenecer a ese grupo.
No, yo quiero ser 'maestra-madre', pues como tal me siento en parte.

Soy 'maestra-madre' porque quiero a mis alumnos como si fuesen hijos (sí,vale, de 21 a 27 hijos por clase, contando que se es tutor de un curso pero das clase en otros cursos, eso hacen demasiados hijos). Es evidente que no son hijos-hijos míos, sin embargo, a veces sí que me siento como una madre, pues me alegro de sus logros y sufro con sus caídas. Cuando un alumno logra entender las cosas que les explico, me alegro, pero cuando un alumno demuestra que sabe aplicar esos conocimientos que ha aprendido, eso me hace casi tocar el cielo. Si un alumno viene acatarrado a clase y veo cómo se le cierran los ojos o se inclina sobre la mesa porque le duele la cabeza, yo sufro con ellos (y no solo porque no paren de decirte que les duele algo). Cuando veo a dos alumnos pegándose, me entristezco y me pregunto qué es lo que he hecho mal para que crean que pegarse es la solución a un conflicto, pero cuando después de eso hacen las paces y veo cómo juegan juntos de nuevo, lo que siento es alegría al ver que se han reconciliado.

A veces los padres creen que cuando un profesor manda deberes a sus hijos es porque ese profesor quiere castigar a sus hijos o robarles su tiempo, cuando muchas veces, lo que pretendemos es que no se olviden de lo aprendido en clase o que practiquen, practiquen y practiquen para afianzar lo que acaban de aprender.
Yo no mando deberes por norma, sin embargo sí que es cierto que contemplo el hacerlo. No, lo que yo suelo mandar para hacer fuera del colegio no es sentarse a leerse unos libros para que 'vomiten' lo que hemos hecho en clase, sino que amplíen sus horizontes, que busquen, que investiguen, que le pregunten a papa o mamá, al farmacéutico, al tendero de la esquina, al abuelito o la abuelita... o simplemente que vayan a la biblioteca o busquen en internet desde casa algún dato, información sobre algo que hayamos visto en clase. No quiero que mis alumnos sean buenos reteniendo datos porque deben saber ponerlos en un papel en un momento dado (que también es un a forma de asegurarse que cumplen con la tarea), sino que realmente entiendan la utilidad que todos esos datos tienen para su vida y su futuro. Igual que querría de mis propios hijos.

Yo no aspiro a que mis alumnos me vean como esa persona que está en un pedestal, esa especie de diosa romana subida en una nube a la que admirar y temer. No, lo que yo quiero es que me quieran como persona, que vean en mí alguien a quien poder aspirar a llegar a ser (pretencioso, lo sé, pero lo trato de formular de forma adecuada y no me sale nada mejor), a una persona que puede ayudar a guiarles en el camino, a alguien a quien puedan preguntar sus dudas libremente sin temor a ser juzgados.
Quiero que si tienen una duda puedan venir y preguntármela, sabiendo que nunca les juzgaré por ello sino que trataré de ayudarle, en la medida que pueda, a que sean ellos mismos los que encuentren la respuesta. Que si tienen un problema, tengan la confianza de contármelo para ver si, al compartir la carga, esta es más liviana.

Mi momento favorito del día no es cuando suena la melodía que pone final al día, sino ese momento en que suena la melodía de entrada y subimos al aula para dejar todo en nuestro sitio y sentarnos a relajarnos. No, ni siquiera ese. Mi momento favorito del día ese ese ratito cada mañana en el que nos sentamos en círculo o desde nuestro asiento, cada uno puede aportar algo al resto, lo que sea, desde que ayer esta y aquella chica fueron a equitación y les tocó el caballo favorito o que ayer se pegaron con su hermano porque quería acaparar la videoconsola y su madre les castigó pero luego hicieron las paces, o que alguien ha descubierto que han sacado un nuevo sabor de yogur de tal marca que sabe de verdad a lo que dice. Como soy profesora de inglés en un colegio bilingüe, nuestras asambleas son en inglés, así que las cosas que comparten son más sencillas, y cuando alguien no sabe decir lo que quiere decir y lo intenta, me pregunta cómo se dice algo y lo sigue intentando, en lugar de sentirme mal porque mis alumnos no saben, lo que siento es alegría porque lo están intentando, a fin de cuentas... si supieran decir todo lo que quieren decir en inglés, seguramente fueran ellos los que estuvieran dando la clase en lugar de yo ¿no?


Y cambiando de tema, ligeramente; hoy he vuelto al colegio para dejar unos papeles dado que estoy de baja por una bronquitis, y por un descuido, el timbre del patio me ha pillado dentro. Dos niños me han visto, se han puesto a llamarme a voces, eso ha alertado a otros compañeros y compañeras suyos y... entonces he estado a punto de echarme a llorar, porque las niñas han venido y una, de las más efusivas, ha venido y ha saltado para darme un abrazo (literalmente, ha habido un momento que juraría que sus pies no han tocado suelo), otras han corrido a abrazarme, se han hecho piña en un abrazo en grupo para tratar de abrazarme también... y yo diciéndome para mis adentros "no llores, no llores, no llores...". Vale, igual soy un poco emotiva, y la verdad es que nunca lloro (no, literalmente, nunca, salvo en funerales de gente querida o si veo un drama en esos días y son solo un par de lagrimillas). Los chicos se han mantenido un poco más al margen, pero igualmente he sentido como s si me abrazasen pero con sus palabras. Cosas como "¿cuándo vas a volver?", "te echamos de menos", "¿te quedas ya? Porfi, porfi... di que te quedas ya...", "tienes que quedarte/volver" y cosas por el estilo son ese tipo de cosas por las que merece la pena levantarse cada día y sentir que vale la pena quedarte encerrada en casa mientras dura la enfermedad y te dicen que no puedes salir de casa para que mejores rápidamente y para evitar contagios y demás.
Pero sin duda, lo que más me ha tocado ha sido la charla con una niña, en la que no se ha contentado con mi explicación de que estaba bastante 'malita' días atrás y ahora estaba mejor sino que ha querido saber qué tipo de 'malita' y cuando le he dicho que había estado mala de los pulmones me ha dicho que si quería que le dijera a su madre, que trabaja en el hospital, que me diera algo para ponerme mejor, o que por qué no se lo había dicho y que hubiera ido al hospital de su madre para que ella me cuidara. Ahí sí que he tenido que fingir un acceso de tos para poder secarme una lágrima furtiva que se me escapaba. La forma en que los niños razonan nunca dejará de sorprenderme e impresionarme, porque la niña en cuestión tenía 8 años y la forma en que buscaba una explicación más profunda a su pregunta y cómo ha asociado que su profesora faltara tanto por una enfermedad de bronquitis con algo importante, y no solo eso sino ser capaz de proponer una solución más o menos acertada aunque con un tinte de candidez propia de su edad, era algo que me hubiera esperado de alguien más mayor que ella, por mucho tinte de candidez que tuviera.


Así pues, con todo lo que he explicado anteriormente... ¿es o no algo medianamente evidente que los maestros podamos llegar a ver a nuestros alumnos como nuestros segundos hijos o 'hijos honoríficos'?

  • Les queremos hasta el punto de alegrarnos con sus logros y apenarnos con sus penas.
  • Les queremos cuidar y proteger, siempre desde nuestra función como docentes.
  • Les valoramos con lo bueno y lo malo.
  • Conocemos sus límites y sus fuerzas y tratamos de apoyarles y potenciar sus fortalezas.
  • Pasamos con ellos muchas horas diarias de lunes a viernes.
  • Sentimos que nuestra labor no es completamente 'meter conocimientos en sus cabezas' sino acompañarles y apoyarles para que sean ellos mismos los que los adquieran mientras nosotros les guiamos para que puedan hacerlo grupal e individualmente.
  • Nos hacen partícipes de lo que es importante para ellos (como que se les caigan dientes, sus cumpleaños, eventos familiares, etc.)
Estas y muchas otras cosas además, son esas pequeñas cosas que nos separan a los maestros de meros profesores; cosas por las que realmente vale la pena ser profesor y las cosas que hacen que aunque te duela la cabeza o tengas el peor de los dolores, quieras ir a clase o pongas buena cara cuando tienes un dolor de cabeza horrible y un niño se te acerca para preguntarte si en tal o cual pregunta, cuando dice 'esto', realmente quiere decir 'esto' o algo que no entienden del todo y tú, a pesar de necesitar un analgésico urgentemente y tener menos ganas de nada que para qué, pongas una sonrisa en tu cara y le contestes de la manera más cariñosa posible. A fin de cuentas... ¿acaso no merece la pena?

sábado, 22 de octubre de 2016

Esto me va a doler más a mí que a tí...

Seguro que todo el mundo hemos oído esa frase alguna vez: "Esto me duele más a mí que a ti".
Pues resulta que ahora por fin entiendo a qué se refería. A ver me explico.
En la vida nunca había mandado a nadie a dirección, en parte porque no había tenido motivos y en parte porque soy consciente de lo que ese 'baja a dirección' conlleva.
Bueno, pues esta semana he bajado por primera vez a un niño a dirección y he tenido que negar por primera vez a otro su derecho a examen.
Alguien diría que tanto uno como el otro son medidas bastante extremas, y supongo que no puedo rebatirlo, pero la verdad es que no me quedaba mucha opción más. Mandé a un alumno a dirección por no solo negarse a trabajar en clase sino molestar sin remedio en clase llegando a hacer imposible seguir con el normal desarrollo de la misma, molestándome no solo a mí sino a sus compañeros que también estaban en su derecho de poder recibir explicaciones en clase y trabajar con los requisitos mínimos para poder concentrarse. El alumno en cuestión (y véase como el genérico para niños y niñas que no el masculino), no pasa una sola clase que no esté molestando, pasarle a otra clase no sirve de nada porque sigue mano sobre mano o molestando en la otra clase y tampoco parece tener la menor intención de poner remedio a su comportamiento.
Normalmente, no le debería temblar a nadie el pulso a la hora de mandar a un niño a dirección, a fin de cuentas cuando lo haces es porque no queda otra opción.
Y en el otro caso, al alumno al que le negué hacer el examen no solo demostró una actitud rebelde al negarse a cambiar su asiento a otro sitio más conveniente sino que además siguió mostrando una actitud desafiante al advertirle de las consecuencias que tal acción supondría, no una, sino hasta diez veces antes de tomar la decisión de, definitivamente no darle la hoja de examen.
Y de nuevo, a otra persona no le hubiera temblado el pulso a la hora de imponer el castigo.

Pues supongo que yo peco de nuevo de novata, porque ya estamos a sábado y la primera cosa pasó el miércoles y la otra ayer mismo, viernes, y aún hoy sigo pensando si no habrá sido excesivo el castigo. Me asalta el remordimiento por cómo podrá afectarles estas cosas a los alumnos en cuestión.
Del primero tengo la respuesta ya, porque el jueves y el viernes el alumno se ha moderado un poco más y se ha mostrado menos desafiante pero el segundo caso, el alumno mostró un claro enfado que le duró todo el día por lo que pude constatar.

Pero si una cosa tengo clara es que hay ciertos puntos de 'no-retorno' que no deben propasarse de ninguna manera; y uno de esos puntos es la autoridad del maestro.
Sí, como maestra y más aún, maestra novata, acepto que el maestro no es un dios subido en un pedestal, pero tampoco somos los alumnos; sí, somos amistosos con nuestros alumnos y les permitimos ciertas bromas y licencias, pero para nada somos 'coleguitas' de nuestros alumnos. No, nosotros somos los maestros, somos referencia y guías, estamos en un escalón por encima de nuestros alumnos y somos la autoridad en las aulas, pero eso lejos de la figura de represión policial patente hace décadas atrás, somos más cercanos a nuestros alumnos. Y por tanto, hay una cosa que nunca debemos tolerar y es que un alumno nos desafíe y nos quite autoridad impunemente. Sí, llegó un momento en que sus propios compañeros ofrecieron una solución ellos mismos al alumno rebelde del segundo caso, y me hubiera dado igual que se quedara donde estaba porque el resto retocaron las cosas para que pudiera obedecer de forma más pacífica, pero yo le había ordenado una cosa y al menos tenía que hacer un intento de cumplirlo. Se negó a siquiera dar su brazo a torcer un poco, pues entonces yo no tenía por qué retroceder o la autoridad de la última palabra del maestro se hubiera perdido. Y sí, también es de buen maestro reconocer los errores, pero en este caso, la cosa no iba de errores sino de pulsos de autoridad, y en eso no se podía dar el brazo a torcer.

¿Es o no es así? Por favor, darme vuestras opiniones.

sábado, 24 de septiembre de 2016

De estrés, palabras positivas y negativas.

Yo creo que el estrés es ya algo inherente al maestro en varios puntos del curso.
Ahora mismo estamos ya a mediados de mes, y gracias a dios, este curso la ansiedad y el estrés se han hecho notar menos que de costumbre. En parte también gracias a la maravillosa política del centro por la que para que los alumnos puedan aprender, deben estar todo lo felices que sea posible, y para eso, esa felicidad debe rezumar también de sus maestros. Es decir, el ambiente en general entre los profesores es muchísimo más íntimo desde el principio. Los plazos son más largos y se avisan con más tiempo y siempre que nos cruzamos con un compañero no solo saludamos sino que intercambiamos alguna frase. Los piropos y lo que yo considero 'palabras bonitas' o 'palabras positivas' vuelan por todo el centro, es difícil oír una palabra negativa y estoy aprendiendo que lo que hace mucho estudié en psicología de que una negación siempre se puede convertir en afirmación sin perder el mensaje es cierto. En lugar de decirle a alguien que no puede hacer algo, le animamos a intentarlo y conseguirlo, si un niño hace algo mal, en lugar de decirle que está mal le decimos que le ha faltado un poco para hacerlo bien y le animamos a seguir luchando e intentando hacerlo bien hasta que lo consigue, y cuando esto pasa, se le felicita y anima a continuar mejorando. Hacemos asambleas, relajación e hidratación al entrar por la mañana y a la vuelta del recreo, y en lugar de perder tiempo de clase, lo que hace es que a la larga lo ganemos porque el resto de tiempo se aprovecha mucho más por alumnos y docentes.
Probablemente para muchos, esta política de centro sea algo más utópico que real, y yo misma lo consideraría tal si no hubiera caído en el centro este año y lo hubiera visto con mis propios ojos.
Es cierto que las tensiones y los errores siguen ocurriendo, pero la forma de enfocarlos es diferente a lo que había visto, más similar a lo que había estudiado y a la vez real.

Sí, los plazos siguen siendo los plazos, y el nerviosismo que conlleva una reunión de padres, por ejemplo, sigue siendo el mismo, pero por ejemplo, cuando hablé con una compañera el otro día de que estaba un poco nerviosa por tener que reunirme con los padres de unos alumnos que este año eran nuevos en el centro, su respuesta fue que los padres allí eran muy agradables, que iban allí porque, como yo, eran nuevos, y querían saber cómo eran las personas que trataban con sus hijos y saber cómo podían trabajar con el centro para conseguir sacar lo mejor de sus hijos. Y efectivamente, la madre del alumno y el padre de la alumna, se comportaron exactamente como me había augurado esa persona. Les informamos ambos tutores (más bien mi compañero porque él lo conoce mejor que yo todo dado que lleva más años que yo allí) sobre lo que había que saber a cerca del funcionamiento del centro y de las clases, así como el desarrollo de sus hijos, y el ambiente fue muy cálido y distendido. Ninguno de los dos padres nos dijeron  nada sobre la falta de algún dato, al contrario, se mostraron comprensivos ante el hecho de que los maestros tenemos infinidad de tareas que hacer al comienzo de un nuevo curso y por tanto no siempre tenemos todo lo que deseamos a mano si bien tenemos todo a tiempo del plazo.

Y es que en septiembre, con el comienzo del nuevo curso, las tareas se multiplican. Hay que programar las asignaturas, comprobar que todo esté donde debe estar, organizar el espacio de clase, colgar y descolgar decoraciones del aula, presentar papeles al DAT, encargarse de aprender todo lo que debes conocer de tus alumnos para garantizarles un aprendizaje lo más significativo, atractivo e individualizado posible, preparar la evaluación inicial, hacerla con los alumnos, corregirla, programar los contenidos del área que te toque dar un poco para todo el año, un poco mejor para cada unidad, un poco más concreto para la unidad didáctica y casi al milímetro para la semana y sobre todo la sesión. Hay que realizar reuniones con padres, otros compañeros de departamento, por ciclo, por nivel, los claustros, preparar materiales para las sesiones, programar las fichas y demás recursos a imprimir o fotocopiar para poder llevarlos a reprografía y que no se acumule el trabajo allí para poder tenerlos a tiempo de las sesión que te toca, reconfigurar las sesiones si un día no es posible hacer la que tenías pensada porque se te olvidó llevar algo o no lo has tenido a tiempo... Hay que tener la capacidad de estar explicando y a la vez controlando a tus alumnos para asegurarte que todos vayan siguiendo tus explicaciones; la de seleccionar, recortar, pegar y a la vez seguir lo que se habla en las reuniones y también participar; sin olvidarnos la capacidad de explicar una cosa para la clase en general y a la vez también estar pensando en cómo vas a adaptarlo para ese o esos alumnos que tienen unas necesidades más específicas a la hora de aprender. Hay que ser también capaz de cuando la clase está revuelta y lo último de lo que tiene ganas es de seguir siquiera un minuto más allí encerrados escuchándote a tí hablar de cómo una planta coge aire y lo trasforma en oxígeno que suelta para que tú puedas respirarlo mientras ella se queda con el dióxido de carbono, cuando realmente preferirían estar en el patio jugando al sol.
Y hay que ser capaz de todo eso y a la vez coordinarte tú mismo y ajustarte a la coordinación de nivel, ciclo, centro y departamento todo a la vez y sin olvidarnos que el día menos pensado podría querer venir a verte un padre y por tanto tienes que sacar un hueco en la agenda para poder recibirles y atenderles como merecen.
¿Es estresante o no?
Pues aún hay más, porque la mayoría de copañeros (yo aún no estoy en esa tesitura), además de docentes son padres, madres, esposos, esposas, hijos, hijas... es decir, que todos tenemos familia fuera de nuestro trabajo, y la mayoría de gente también tienen familia dependiente de ellos o compañeros de la vida con los que vivir. Así que a la cantidad de trabajo en el centro hay que añadirle la vida familiar, y además de todo lo mencionado arriba hay que añadirle todo lo que conlleva la vida familiar: hay que poner lavadoras, cocinar la comida para toda la familia, asegurarse de recoger a los niños, llevarlos a las actividades extraescolares, recogerlos de las actividades estraescolares, hacer la compra, asegurarse de que los niños hagan las tareas que tengan que hacer, organizarles para que también tengan tiempo de jugar y ser niños, darles de comer o cenar o ambas, que se bañen, que se vistan y desvistan o hacerlo tú porque aún son muy pequeños, hablar con ellos para tratar de saber cómo les va en la vida en general, que se coman esas verduras que les has hecho para que lleven una dieta sana y que no les gustan, que se metan a la hora que les dices a la cama porque tienen que dormir X horas, hablar con tu pareja, saber cómo os ha ido el día, ver un poco la tele, tratar de dormir las horas que necesita tu cuerpo dormir... y luego, a veces, cómo no, programar o corregir en medio de esa apretada agenda que tienes.

Así pues, creo que queda más que justificado y explicado el estrés en esta pequeña (o no tanto) entrada del blog.
Y como ya os he aburrido suficiente, aquí me despido hasta la próxima entrada.
Un besito.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Mudanzas de nuevo

Bueno, de nuevo fin de semana y de nuevo con mudanzas.
En la anterior entrada comenté lo duro que es cambiar de hogar, y como dije al final, con cada mudanza aprendes cosas nuevas. La vez anterior había sido cosas que quería para mi nuevo hogar la próxima vez que me mudara.
Pues bien, he vuelto a mudarme, y... desde el jueves por la tarde vivo en un nuevo hogar. De mi pequeño pisito de alquiler mostoleño a un mini-duplex en pleno Soto.
Planta baja de una sala con cocina, salón y mesa de office, un banquito y un mini-armario empotrado. Planta alta? Habitación de dos camitas, baño con bañera y, como no, otro armarito empotrado.
¡¿Y mis estanterías?!. ¡Ay, señor! ¡¿Ahora dónde pongo a mis niños?! ¡¿En serio tengo que meter todos mis botes de té, la tetera, los vasos, platos, snacks, cacaos, cereales y demás utilería de cocina en ese armarito?! ¡Por dios, hay una señal de 'prohibido fumar', ¿cómo es posible que haya quemaduras de cigarrillo en el lavamanos?!
Coge aire, respira hondo y cuenta hasta 10.
Bueno, no importa si no tengo estanterías, puedo poner los libros en el banquito y la mesa de trabajo. ¿Qué más da que la tele sea pequeña y del año de la polka? Salvo para ver series de actualidad por la noche, el resto del tiempo lo que veo son series por ordenador. Y al menos ahora tengo Internet en casa y mesa de trabajo, eso es una mejora ¿no?
El armarito para meter todo lo de cocina puedo ajustarlo todo, la cuestión es jugar al tetris para meter todo, y así tengo la excusa perfecta para tener solo lo que realmente vaya a usar.
Que huela algo a tabaco al final tampoco es tan malo. En la Discovery Max siempre dicen que el humo auyenta a los insectos y demás bichos, pues... entonces menos mosquitos y bichos que se me coman viva.

Y además hay muchas cosas buenas.

  • Ahora vivo a menos de 15 minutos del trabajo (o eso creo, la verdad es que no lo he cronometrado, pero al menos no son las casi 2 horas de madrugar que me metía antes, solo 1).
  • Como ya he dicho, tengo barra libre de internet en casa.
  • Me hacen limpieza una vez a la semana.
  • Vivo en un lugar donde la mayoría de madrileños van a pasar los fines de semana para descansar de la estresante vida del centro.
  • El aire es más puro, así que esperemos que mi garganta mejore de la contaminación del aire madrileño urbano.
  • Vivo en un pueblo señorial a 1 horita de la capital..
En definitiva, tengo lo mejor de los dos mundos, porque tengo la tranquila vida de una villa pero cerca de la capital, con lo que si quiero puedo ir a buscar cosas allí.

Y... seguiré informando en futuras entradas.
Hasta entonces... besitos.

domingo, 21 de agosto de 2016

Cambio de hogar

Ya había experimentado antes lo de trabajar y vivir fuera de casa, y más concretamente a 2.097,4 kilómetros aproximadamente.
Lo que no había experimentado era lo de irme a vivir lejos del hogar sin una expectativa real de regreso, o sea, irme a vivir a otra ciudad y otra comunidad autónoma sabiendo que probablemente ese sea el comienzo de tu vida en solitario.

Mudanzas aparte (que tampoco hubo tanta mudanza), al final terminé viviendo en Móstoles, una ciudad al sur de Madrid (cuando realmente yo venía del noreste del país), en un piso de 30 metros cuadrados.
Treinta metros cuadrados que al principio se me antojaron ese pequeño paraíso propio en alquiler (no todos somos J.K.Rowling para comprarnos un palacio y tenemos que alquilarlo), la siguiente felicidad me vino al poder elegir trabajar dando clases a infantil.

Bueno, pues ni los niños de infantil son todo el rato los angelitos que parecen de fuera, ni vivir en 30 metros cuadrados era el cielo que me imaginaba, pero esta vez hablaremos solo de los 30 metros cuadrados.

Sí, vale, era mi pequeño lugar en el mundo, ese lugar donde vivir como me diera la gana, ser quien quería ser y vivir feliz. Porque después del tórrido verano llegó el tormentoso otoño y luego el gélido invierno. Y no, no es tan metafórico como me gustaría que fuera. Literalmente el otoño fue tormentoso en el sentido no solo de tormentas con lluvia, rayos y demás sino con que vinieron los primeros problemas de mi nueva vida: la falta de experiencia, los problemas más focalizados en dos o tres cursos de los 11 que tenía que dar, que tuviera que dar clase a más de 297 que tenía que conocer por el nombre y saber sus fortalezas y debilidades cuanto antes para poder darles la mejor educación posible, que resultaba que la forma de enseñar en infantil era muy pero que muy distinta a lo que se hace en primaria... y que los 30 metros cuadrados de libertad se iban convirtiendo poco a poco en los 30 metros cuadrados de una pecera donde, sí, ser yo misma pero donde todos los problemas amenazaban con ir ahogándome poco a poco.
Oh, amigos... y claro, ahora ya no servía llorar a papá y mamá y esperar que movieran una varita mágica para solucionarte la vida... no, no. Estás sola y bien sola, más que nada porque tu familia (casi toda) está a más de 350 kilómetros de ti.
Y como he dicho, después del tormentoso otoño llegó el gélido invierno. Gélido porque resultó que los 30 metros cuadrados se calentaban solo y exclusivamente con un radiador eléctrico que no podías dejar conectado cuando no estabas no fuera que fueras a quemar la casa, y tu propio calor humano. Y... para los que no lo sepan... el calor humano de una única persona y ponerte la calefacción cuando llegas de trabajar a las 5 no es suficiente para mantener un piso, ni siquiera uno tan pequeño como ese, caliente por las noches mientras duermes. Conclusión, me levantaba todas las mañanas a las 7 tiritando y con el cansancio propio de no haber podido dormir bien porque te metías a la cama tiritando.
Por aquella época, el invierno, descubrí también que mi sistema inmunitario no era tan bueno como esperaba. Lo que se podría traducir y abreviar en "catarro que se cogía un niño, catarro que me cogía yo", y eso, unido a mi garganta débil por tener una voz aguda, se trasformó en 'la afonía de nivel 100'.

Por suerte, el señor o quien fuera hizo que el hombre y la mujer tuvieramos la capacidad de adaptarnos y sobreponernos y pronto, un poco más asentada en mi nuevo hogar y respadada por una nueva amiga y compañeros de bandera, comencé a ver más allá de los problemas.
¿Que me cogía todos los catarros de los niños? Pues comencé a tomar propóleo para la garganta.
¿Que con el radiador encendido mientras estaba en casa no paraba de tiritar al caer la noche? Pues me compraba un temporizador para que se enchufara sola una hora antes de llegar y se apagara a la mañana siguiente media hora antes de irme.
¿Que no podía poner la lavadora mientras me duchaba? Pues la lavadora el sábado por la mañana y me duchaba por la tarde.
¿Que tampoco podía ducharme por la noche porque se saltaban los plomos? Pues me duchaba de buena mañana con la puerta abierta, que total el vapor calentaba el piso también.
¿Que no podía cocinar en casa porque no había extractor para los olores y humos? No Problem, baby. Existe una aplicación preciosa para pedir comida a domicilio, lo que te apetezca cuando te apetezca. Por no hablar de que daba gracias a quien fuera que estuviera por ahí arriba por crear los comedores escolares con cocineros de verdad y menú para los profesores con 2 primeros, 2 segundos y fruta o yogur como mínimo para elegir con el menú de alumnos y alternativas de diseño para los profes.
Como dijo un gran sabio, un problema, una solución.

Eso sí, de esta saqué un par de cosas para la próxima:
1) La siguiente vez pediría que el piso tuviera calefacción central y radiadores al menos en salón y habitación.
2) Que la cocina tendría extractor para humos, sí o sí.