"Los hijos, esos seres que te dan y te quitan la vida a su antojo. Seres a los que proteger, cuidar, ver crecer y un día despedir para ver que ellos siguen creciendo y avanzando pero ya no es de tu mano."
Creo que nadie que sea padre/madre puede negar esto, sin embargo, hay otras personas que también pueden dar fe de la veracidad de las afirmaciones arriba formuladas, y esos son los maestros.
Yo soy maestra, aún no he traído ninguna vida a este mundo y sin embargo, siento cada una de las palabras de la afirmación con la que comenzaba esta entrada como ciertas; a fin de cuentas, qué somos los maestros más que padres y madres, en cierto modo, de nuestros alumnos.
Hay gente que ve a los alumnos como meros entes a los que instruir, en cuyas cabezas meter conocimientos porque nos pagan por ello. Sin embargo, yo hace tiempo que decidí que no quería pertenecer a ese grupo.
No, yo quiero ser 'maestra-madre', pues como tal me siento en parte.
Soy 'maestra-madre' porque quiero a mis alumnos como si fuesen hijos (sí,vale, de 21 a 27 hijos por clase, contando que se es tutor de un curso pero das clase en otros cursos, eso hacen demasiados hijos). Es evidente que no son hijos-hijos míos, sin embargo, a veces sí que me siento como una madre, pues me alegro de sus logros y sufro con sus caídas. Cuando un alumno logra entender las cosas que les explico, me alegro, pero cuando un alumno demuestra que sabe aplicar esos conocimientos que ha aprendido, eso me hace casi tocar el cielo. Si un alumno viene acatarrado a clase y veo cómo se le cierran los ojos o se inclina sobre la mesa porque le duele la cabeza, yo sufro con ellos (y no solo porque no paren de decirte que les duele algo). Cuando veo a dos alumnos pegándose, me entristezco y me pregunto qué es lo que he hecho mal para que crean que pegarse es la solución a un conflicto, pero cuando después de eso hacen las paces y veo cómo juegan juntos de nuevo, lo que siento es alegría al ver que se han reconciliado.
A veces los padres creen que cuando un profesor manda deberes a sus hijos es porque ese profesor quiere castigar a sus hijos o robarles su tiempo, cuando muchas veces, lo que pretendemos es que no se olviden de lo aprendido en clase o que practiquen, practiquen y practiquen para afianzar lo que acaban de aprender.
Yo no mando deberes por norma, sin embargo sí que es cierto que contemplo el hacerlo. No, lo que yo suelo mandar para hacer fuera del colegio no es sentarse a leerse unos libros para que 'vomiten' lo que hemos hecho en clase, sino que amplíen sus horizontes, que busquen, que investiguen, que le pregunten a papa o mamá, al farmacéutico, al tendero de la esquina, al abuelito o la abuelita... o simplemente que vayan a la biblioteca o busquen en internet desde casa algún dato, información sobre algo que hayamos visto en clase. No quiero que mis alumnos sean buenos reteniendo datos porque deben saber ponerlos en un papel en un momento dado (que también es un a forma de asegurarse que cumplen con la tarea), sino que realmente entiendan la utilidad que todos esos datos tienen para su vida y su futuro. Igual que querría de mis propios hijos.
Yo no aspiro a que mis alumnos me vean como esa persona que está en un pedestal, esa especie de diosa romana subida en una nube a la que admirar y temer. No, lo que yo quiero es que me quieran como persona, que vean en mí alguien a quien poder aspirar a llegar a ser (pretencioso, lo sé, pero lo trato de formular de forma adecuada y no me sale nada mejor), a una persona que puede ayudar a guiarles en el camino, a alguien a quien puedan preguntar sus dudas libremente sin temor a ser juzgados.
Quiero que si tienen una duda puedan venir y preguntármela, sabiendo que nunca les juzgaré por ello sino que trataré de ayudarle, en la medida que pueda, a que sean ellos mismos los que encuentren la respuesta. Que si tienen un problema, tengan la confianza de contármelo para ver si, al compartir la carga, esta es más liviana.
Mi momento favorito del día no es cuando suena la melodía que pone final al día, sino ese momento en que suena la melodía de entrada y subimos al aula para dejar todo en nuestro sitio y sentarnos a relajarnos. No, ni siquiera ese. Mi momento favorito del día ese ese ratito cada mañana en el que nos sentamos en círculo o desde nuestro asiento, cada uno puede aportar algo al resto, lo que sea, desde que ayer esta y aquella chica fueron a equitación y les tocó el caballo favorito o que ayer se pegaron con su hermano porque quería acaparar la videoconsola y su madre les castigó pero luego hicieron las paces, o que alguien ha descubierto que han sacado un nuevo sabor de yogur de tal marca que sabe de verdad a lo que dice. Como soy profesora de inglés en un colegio bilingüe, nuestras asambleas son en inglés, así que las cosas que comparten son más sencillas, y cuando alguien no sabe decir lo que quiere decir y lo intenta, me pregunta cómo se dice algo y lo sigue intentando, en lugar de sentirme mal porque mis alumnos no saben, lo que siento es alegría porque lo están intentando, a fin de cuentas... si supieran decir todo lo que quieren decir en inglés, seguramente fueran ellos los que estuvieran dando la clase en lugar de yo ¿no?
Y cambiando de tema, ligeramente; hoy he vuelto al colegio para dejar unos papeles dado que estoy de baja por una bronquitis, y por un descuido, el timbre del patio me ha pillado dentro. Dos niños me han visto, se han puesto a llamarme a voces, eso ha alertado a otros compañeros y compañeras suyos y... entonces he estado a punto de echarme a llorar, porque las niñas han venido y una, de las más efusivas, ha venido y ha saltado para darme un abrazo (literalmente, ha habido un momento que juraría que sus pies no han tocado suelo), otras han corrido a abrazarme, se han hecho piña en un abrazo en grupo para tratar de abrazarme también... y yo diciéndome para mis adentros "no llores, no llores, no llores...". Vale, igual soy un poco emotiva, y la verdad es que nunca lloro (no, literalmente, nunca, salvo en funerales de gente querida o si veo un drama en esos días y son solo un par de lagrimillas). Los chicos se han mantenido un poco más al margen, pero igualmente he sentido como s si me abrazasen pero con sus palabras. Cosas como "¿cuándo vas a volver?", "te echamos de menos", "¿te quedas ya? Porfi, porfi... di que te quedas ya...", "tienes que quedarte/volver" y cosas por el estilo son ese tipo de cosas por las que merece la pena levantarse cada día y sentir que vale la pena quedarte encerrada en casa mientras dura la enfermedad y te dicen que no puedes salir de casa para que mejores rápidamente y para evitar contagios y demás.
Pero sin duda, lo que más me ha tocado ha sido la charla con una niña, en la que no se ha contentado con mi explicación de que estaba bastante 'malita' días atrás y ahora estaba mejor sino que ha querido saber qué tipo de 'malita' y cuando le he dicho que había estado mala de los pulmones me ha dicho que si quería que le dijera a su madre, que trabaja en el hospital, que me diera algo para ponerme mejor, o que por qué no se lo había dicho y que hubiera ido al hospital de su madre para que ella me cuidara. Ahí sí que he tenido que fingir un acceso de tos para poder secarme una lágrima furtiva que se me escapaba. La forma en que los niños razonan nunca dejará de sorprenderme e impresionarme, porque la niña en cuestión tenía 8 años y la forma en que buscaba una explicación más profunda a su pregunta y cómo ha asociado que su profesora faltara tanto por una enfermedad de bronquitis con algo importante, y no solo eso sino ser capaz de proponer una solución más o menos acertada aunque con un tinte de candidez propia de su edad, era algo que me hubiera esperado de alguien más mayor que ella, por mucho tinte de candidez que tuviera.
Así pues, con todo lo que he explicado anteriormente... ¿es o no algo medianamente evidente que los maestros podamos llegar a ver a nuestros alumnos como nuestros segundos hijos o 'hijos honoríficos'?
- Les queremos hasta el punto de alegrarnos con sus logros y apenarnos con sus penas.
- Les queremos cuidar y proteger, siempre desde nuestra función como docentes.
- Les valoramos con lo bueno y lo malo.
- Conocemos sus límites y sus fuerzas y tratamos de apoyarles y potenciar sus fortalezas.
- Pasamos con ellos muchas horas diarias de lunes a viernes.
- Sentimos que nuestra labor no es completamente 'meter conocimientos en sus cabezas' sino acompañarles y apoyarles para que sean ellos mismos los que los adquieran mientras nosotros les guiamos para que puedan hacerlo grupal e individualmente.
- Nos hacen partícipes de lo que es importante para ellos (como que se les caigan dientes, sus cumpleaños, eventos familiares, etc.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario