martes, 22 de noviembre de 2016

Mecanismos de defensa

Hoy la cosa va de psicología, filosofía y un toquecito de educación.

De acuerdo, sé que este artículo no tiene mucho que ver con ser 'maestra' ni con vivir 'fuera de casa', pero... alguien me dijo una vez que en el fondo, todo está conectado con todo.

Hoy en el cole, observando a un niño a la salida de clase, me vino a la mente el tema de los amigos imaginarios (sí, lo sé, tengo conexiones que se escapan a la lógica normal, me ha venido el tema a la cabeza en ese momento simplemente porque el niño parecía jugar corriendo como si escapara del aire, aunque igual simplemente corría un poco y luego volvía con su padre o madre). El caso es que de pronto, hace un rato me volvió el tema a la cabeza, y entonces comencé a hacerme preguntas.
 ¿Es algo malo? ¿Es algo exclusivo de la infancia? ¿Por qué unos niños sí pero otros no?... Así que me he dado cuenta de que por mucho que sea maestra, este tema es algo que me venía grande y del que poco o nada sabía (como de tantas otras cosas, normal, nadie sabe todo de todo).
El caso es que me dije "Anda, ya es tarde, he acabado mi trabajo en casa, he terminado mi sesión de estudio, he preparado la cena y solo estoy viendo la tele. ¿Y si dedico unos segundos a ampliar mis conocimientos y trato de contestar alguna o varias de las preguntas?"
Pues dicho y echo, ¿para qué existen los ordenadores e Internet? Pues para tener acceso a información de todo tipo en cualquier lugar con Wifi.

Primera pregunta del aluvión que me asaltó de golpe: ¿Qué es de verdad un amigo imaginario?
Respuesta tras cotejar varias webs de apariencia fiable: Un amigo imaginario es una persona, animal o cosa que nos sirve para multitud de propósitos que se pueden resumir vagamente en ayuda para superar situaciones difíciles, apoyo moral, compañía o para suplir carencias.

¿Es algo malo?
Respuesta: No, es un mecanismo de defensa. A NO SER, que ese amigo imaginario nos perjudique.
Ejemplo: Un amigo imaginario que nos hace compañía y nos da consejos o nos consuela es bueno. Un amigo que nos incita a pegar a otros niños, poner zancadillas, hacer daño a otros o hacérnoslo a nosotros mismos ya no lo es, de hecho en casi todas las respuestas que he encontrado lo asocian a un problema psicológico y, de verdad que no he querido seguir por ahí pero solo diré que en todas decían que quien tiene un amigo que te incita a hacer cosas malas o dañinas necesita ir a un psicólogo pero YA.

Siguiente pregunta: ¿Es algo exclusivo de la infancia?
Respuesta, y esta va a sorprender (a mí me ha sorprendido): No. Es más común en la infancia, pero no algo exclusivamente de esta o que sea insano en un adulto; de hecho, en varias páginas he leído que tener amigos imaginarios está asociado a la infancia, adultos y, sorpresa-sorpresa, tercera edad asociado a demencia senil y alzheimer. Evidentemente solo he profundizado en los dos primeros casos, más que nada porque me interesa en la infancia por mi trabajo y en los adultos por mera curiosidad (¿si un niño tiene un amigo imaginario de un elefante rosa como en "Del revés", un adulto tiene un amigo imaginario con apariencia de un famoso como en los sueños de "Los Simpson"?) Lo que me lleva a la siguiente pregunta, que por cierto voy a reformular como otra ligeramente diferente.

¿Por qué unos niños sí pero otros no? o también reformulado ¿A qué se debe la creación o aparición de un amigo imaginario?
Respuesta: Como ya he dicho antes, se suele asociar a que es un mecanismo de defensa. Es decir, una explicación más básica, un amigo imaginario es algo que nuestro subconsciente crea para protegernos interiormente de algo, generalmente una situación difícil para nosotros. Y cuando digo 'situación difícil' no quiero decir necesariamente que te peguen, se rían de ti, tus padres se estén divorciando o se haya muerto alguien a quien querías. Hay muchas cosas más que suponen situaciones difíciles para uno. Puede ser un examen que te estresa, un error que has cometido, miedo a algo... muchos motivos y muy varios.
Sin ir más lejos, voy a poneros un ejemplo que sí que puedo recordar, no de haberlo visto sino de que me contara alguien que conocía.
El sujeto de observación que dirían los científicos era una niña, no me especificó edad exacta, de la franja de entre 5 y 9 años, que al parecer era vecina suya. Me contó que sabía que esa chica tenía un amigo imaginario. Al parecer el amigo imaginario era un niño de edad similar a ella, un compañero de juegos y bromas.
Ahora que me paro a analizarlo, resulta que las respuestas a mis dudas que he leído en Internet cobran sentido. La niña de la que me habló mi conocido era una niña que sacaba buenas notas, se preocupaba por los exámenes pero tampoco se estresaba propiamente dicho. Sin embargo, resulta que era una niña que sufría de mofas y a quien sus compañeros dejaban de lado en clase. De primeras, uno no esperaría que una persona inteligente tuviera algo como un amigo inteligente, sin embargo, y esto ya es una hipótesis propia, en este caso me temo que el amigo imaginario surgió por la necesidad del sujeto de observación de sentirse parte de un grupo, por la necesidad aristotélica de sociabilizar ("El hombre es un ser social por naturaleza." Aristóteles); es decir, como a la niña la dejaban sola, su subconsciente creó ese amigo imaginario para que ella pudiera desarrollar sus habilidades sociales.

De hecho, al parecer han hecho estudios psicológicos en alguna universidad, y en una americana resulta que preguntaron a varios universitarios (evidentemente ya adultos), si en su infancia tuvieron amigos imaginarios. La mayoría habían tenido uno o varios, en uno o varios momentos de su vida, coincidiendo incluso con que alguno lo mantenía en su edad adulta. Resulta, que además el estudio demostró que aquellos sujetos de estudio que habían tenido amigos imaginarios tenían más desarrolladas sus habilidades empáticas y comunicativas, llegando incluso a demostrar un nivel lingüístico superior a la media.

A la luz de este estudio, creo que se vuelve a contestar la pregunta de si tener un amigo imaginario es algo malo. No, no lo es, en cierto modo es incluso bueno. SOLO en cierto modo, no por el amigo en sí sino por lo que causa que se cree ese amigo imaginario. Me explico, lo malo no es el amigo en sí dado que, al parecer, contribuye al desarrollo de varias áreas cognitivas y da apoyo moral y reconforta a la persona que los crea; lo malo es que ese amigo surge de la sensación de soledad o de la necesidad de apoyo extra para superar alguna situación.

En conclusión, y ya lo dejo que a estas horas 'filosofo' que da gusto... me ha sorprendido descubrir que algo que no acababa de entender demasiado pero que me resultaba intrigante y me preocupaba incluso que fuera algo 'malo', es en realidad un mecanismo de defensa, algo creado para ayudarnos moral y psicológicamente a nuestro bienestar personal, y que de hecho, no solo se da en la infancia sino también en la adultez e incluso hasta llegar a la senectud; algo que solo es malo si nos hace 'hacer algo malo o que nos haga daño a nosotros o a otros'.
Lo que me lleva a pensar... ¿a los 'no-demasiado iniciados en la psicología' nos parece que solo los niños tienen amigos imaginarios porque sea más frecuente en esa edad o es más bien porque los adultos tenemos la falsa creencia de que tener un amigo imaginario además de 'raro' es algo como un estigma y por tanto no lo confesaríamos ni bajo tortura y lo escondemos por las connotaciones negativas que 'ser extraño' conlleva?
Creo que le preguntaré a la almohada por esta pregunta. Buenas noches, a quien pueda estar leyendo esto.

martes, 15 de noviembre de 2016

Los hijos

"Los hijos, esos seres que te dan y te quitan la vida a su antojo. Seres a los que proteger, cuidar, ver crecer y un día despedir para ver que ellos siguen creciendo y avanzando pero ya no es de tu mano."

Creo que nadie que sea padre/madre puede negar esto, sin embargo, hay otras personas que también pueden dar fe de la veracidad de las afirmaciones arriba formuladas, y esos son los maestros.

Yo soy maestra, aún no he traído ninguna vida a este mundo y sin embargo, siento cada una de las palabras de la afirmación con la que comenzaba esta entrada como ciertas; a fin de cuentas, qué somos los maestros más que padres y madres, en cierto modo, de nuestros alumnos.

Hay gente que ve a los alumnos como meros entes a los que instruir, en cuyas cabezas meter conocimientos porque nos pagan por ello. Sin embargo, yo hace tiempo que decidí que no quería pertenecer a ese grupo.
No, yo quiero ser 'maestra-madre', pues como tal me siento en parte.

Soy 'maestra-madre' porque quiero a mis alumnos como si fuesen hijos (sí,vale, de 21 a 27 hijos por clase, contando que se es tutor de un curso pero das clase en otros cursos, eso hacen demasiados hijos). Es evidente que no son hijos-hijos míos, sin embargo, a veces sí que me siento como una madre, pues me alegro de sus logros y sufro con sus caídas. Cuando un alumno logra entender las cosas que les explico, me alegro, pero cuando un alumno demuestra que sabe aplicar esos conocimientos que ha aprendido, eso me hace casi tocar el cielo. Si un alumno viene acatarrado a clase y veo cómo se le cierran los ojos o se inclina sobre la mesa porque le duele la cabeza, yo sufro con ellos (y no solo porque no paren de decirte que les duele algo). Cuando veo a dos alumnos pegándose, me entristezco y me pregunto qué es lo que he hecho mal para que crean que pegarse es la solución a un conflicto, pero cuando después de eso hacen las paces y veo cómo juegan juntos de nuevo, lo que siento es alegría al ver que se han reconciliado.

A veces los padres creen que cuando un profesor manda deberes a sus hijos es porque ese profesor quiere castigar a sus hijos o robarles su tiempo, cuando muchas veces, lo que pretendemos es que no se olviden de lo aprendido en clase o que practiquen, practiquen y practiquen para afianzar lo que acaban de aprender.
Yo no mando deberes por norma, sin embargo sí que es cierto que contemplo el hacerlo. No, lo que yo suelo mandar para hacer fuera del colegio no es sentarse a leerse unos libros para que 'vomiten' lo que hemos hecho en clase, sino que amplíen sus horizontes, que busquen, que investiguen, que le pregunten a papa o mamá, al farmacéutico, al tendero de la esquina, al abuelito o la abuelita... o simplemente que vayan a la biblioteca o busquen en internet desde casa algún dato, información sobre algo que hayamos visto en clase. No quiero que mis alumnos sean buenos reteniendo datos porque deben saber ponerlos en un papel en un momento dado (que también es un a forma de asegurarse que cumplen con la tarea), sino que realmente entiendan la utilidad que todos esos datos tienen para su vida y su futuro. Igual que querría de mis propios hijos.

Yo no aspiro a que mis alumnos me vean como esa persona que está en un pedestal, esa especie de diosa romana subida en una nube a la que admirar y temer. No, lo que yo quiero es que me quieran como persona, que vean en mí alguien a quien poder aspirar a llegar a ser (pretencioso, lo sé, pero lo trato de formular de forma adecuada y no me sale nada mejor), a una persona que puede ayudar a guiarles en el camino, a alguien a quien puedan preguntar sus dudas libremente sin temor a ser juzgados.
Quiero que si tienen una duda puedan venir y preguntármela, sabiendo que nunca les juzgaré por ello sino que trataré de ayudarle, en la medida que pueda, a que sean ellos mismos los que encuentren la respuesta. Que si tienen un problema, tengan la confianza de contármelo para ver si, al compartir la carga, esta es más liviana.

Mi momento favorito del día no es cuando suena la melodía que pone final al día, sino ese momento en que suena la melodía de entrada y subimos al aula para dejar todo en nuestro sitio y sentarnos a relajarnos. No, ni siquiera ese. Mi momento favorito del día ese ese ratito cada mañana en el que nos sentamos en círculo o desde nuestro asiento, cada uno puede aportar algo al resto, lo que sea, desde que ayer esta y aquella chica fueron a equitación y les tocó el caballo favorito o que ayer se pegaron con su hermano porque quería acaparar la videoconsola y su madre les castigó pero luego hicieron las paces, o que alguien ha descubierto que han sacado un nuevo sabor de yogur de tal marca que sabe de verdad a lo que dice. Como soy profesora de inglés en un colegio bilingüe, nuestras asambleas son en inglés, así que las cosas que comparten son más sencillas, y cuando alguien no sabe decir lo que quiere decir y lo intenta, me pregunta cómo se dice algo y lo sigue intentando, en lugar de sentirme mal porque mis alumnos no saben, lo que siento es alegría porque lo están intentando, a fin de cuentas... si supieran decir todo lo que quieren decir en inglés, seguramente fueran ellos los que estuvieran dando la clase en lugar de yo ¿no?


Y cambiando de tema, ligeramente; hoy he vuelto al colegio para dejar unos papeles dado que estoy de baja por una bronquitis, y por un descuido, el timbre del patio me ha pillado dentro. Dos niños me han visto, se han puesto a llamarme a voces, eso ha alertado a otros compañeros y compañeras suyos y... entonces he estado a punto de echarme a llorar, porque las niñas han venido y una, de las más efusivas, ha venido y ha saltado para darme un abrazo (literalmente, ha habido un momento que juraría que sus pies no han tocado suelo), otras han corrido a abrazarme, se han hecho piña en un abrazo en grupo para tratar de abrazarme también... y yo diciéndome para mis adentros "no llores, no llores, no llores...". Vale, igual soy un poco emotiva, y la verdad es que nunca lloro (no, literalmente, nunca, salvo en funerales de gente querida o si veo un drama en esos días y son solo un par de lagrimillas). Los chicos se han mantenido un poco más al margen, pero igualmente he sentido como s si me abrazasen pero con sus palabras. Cosas como "¿cuándo vas a volver?", "te echamos de menos", "¿te quedas ya? Porfi, porfi... di que te quedas ya...", "tienes que quedarte/volver" y cosas por el estilo son ese tipo de cosas por las que merece la pena levantarse cada día y sentir que vale la pena quedarte encerrada en casa mientras dura la enfermedad y te dicen que no puedes salir de casa para que mejores rápidamente y para evitar contagios y demás.
Pero sin duda, lo que más me ha tocado ha sido la charla con una niña, en la que no se ha contentado con mi explicación de que estaba bastante 'malita' días atrás y ahora estaba mejor sino que ha querido saber qué tipo de 'malita' y cuando le he dicho que había estado mala de los pulmones me ha dicho que si quería que le dijera a su madre, que trabaja en el hospital, que me diera algo para ponerme mejor, o que por qué no se lo había dicho y que hubiera ido al hospital de su madre para que ella me cuidara. Ahí sí que he tenido que fingir un acceso de tos para poder secarme una lágrima furtiva que se me escapaba. La forma en que los niños razonan nunca dejará de sorprenderme e impresionarme, porque la niña en cuestión tenía 8 años y la forma en que buscaba una explicación más profunda a su pregunta y cómo ha asociado que su profesora faltara tanto por una enfermedad de bronquitis con algo importante, y no solo eso sino ser capaz de proponer una solución más o menos acertada aunque con un tinte de candidez propia de su edad, era algo que me hubiera esperado de alguien más mayor que ella, por mucho tinte de candidez que tuviera.


Así pues, con todo lo que he explicado anteriormente... ¿es o no algo medianamente evidente que los maestros podamos llegar a ver a nuestros alumnos como nuestros segundos hijos o 'hijos honoríficos'?

  • Les queremos hasta el punto de alegrarnos con sus logros y apenarnos con sus penas.
  • Les queremos cuidar y proteger, siempre desde nuestra función como docentes.
  • Les valoramos con lo bueno y lo malo.
  • Conocemos sus límites y sus fuerzas y tratamos de apoyarles y potenciar sus fortalezas.
  • Pasamos con ellos muchas horas diarias de lunes a viernes.
  • Sentimos que nuestra labor no es completamente 'meter conocimientos en sus cabezas' sino acompañarles y apoyarles para que sean ellos mismos los que los adquieran mientras nosotros les guiamos para que puedan hacerlo grupal e individualmente.
  • Nos hacen partícipes de lo que es importante para ellos (como que se les caigan dientes, sus cumpleaños, eventos familiares, etc.)
Estas y muchas otras cosas además, son esas pequeñas cosas que nos separan a los maestros de meros profesores; cosas por las que realmente vale la pena ser profesor y las cosas que hacen que aunque te duela la cabeza o tengas el peor de los dolores, quieras ir a clase o pongas buena cara cuando tienes un dolor de cabeza horrible y un niño se te acerca para preguntarte si en tal o cual pregunta, cuando dice 'esto', realmente quiere decir 'esto' o algo que no entienden del todo y tú, a pesar de necesitar un analgésico urgentemente y tener menos ganas de nada que para qué, pongas una sonrisa en tu cara y le contestes de la manera más cariñosa posible. A fin de cuentas... ¿acaso no merece la pena?