Ya había experimentado antes lo de trabajar y vivir fuera de casa, y más concretamente a 2.097,4 kilómetros aproximadamente.
Lo que no había experimentado era lo de irme a vivir lejos del hogar sin una expectativa real de regreso, o sea, irme a vivir a otra ciudad y otra comunidad autónoma sabiendo que probablemente ese sea el comienzo de tu vida en solitario.
Mudanzas aparte (que tampoco hubo tanta mudanza), al final terminé viviendo en Móstoles, una ciudad al sur de Madrid (cuando realmente yo venía del noreste del país), en un piso de 30 metros cuadrados.
Treinta metros cuadrados que al principio se me antojaron ese pequeño paraíso propio en alquiler (no todos somos J.K.Rowling para comprarnos un palacio y tenemos que alquilarlo), la siguiente felicidad me vino al poder elegir trabajar dando clases a infantil.
Bueno, pues ni los niños de infantil son todo el rato los angelitos que parecen de fuera, ni vivir en 30 metros cuadrados era el cielo que me imaginaba, pero esta vez hablaremos solo de los 30 metros cuadrados.
Sí, vale, era mi pequeño lugar en el mundo, ese lugar donde vivir como me diera la gana, ser quien quería ser y vivir feliz. Porque después del tórrido verano llegó el tormentoso otoño y luego el gélido invierno. Y no, no es tan metafórico como me gustaría que fuera. Literalmente el otoño fue tormentoso en el sentido no solo de tormentas con lluvia, rayos y demás sino con que vinieron los primeros problemas de mi nueva vida: la falta de experiencia, los problemas más focalizados en dos o tres cursos de los 11 que tenía que dar, que tuviera que dar clase a más de 297 que tenía que conocer por el nombre y saber sus fortalezas y debilidades cuanto antes para poder darles la mejor educación posible, que resultaba que la forma de enseñar en infantil era muy pero que muy distinta a lo que se hace en primaria... y que los 30 metros cuadrados de libertad se iban convirtiendo poco a poco en los 30 metros cuadrados de una pecera donde, sí, ser yo misma pero donde todos los problemas amenazaban con ir ahogándome poco a poco.
Oh, amigos... y claro, ahora ya no servía llorar a papá y mamá y esperar que movieran una varita mágica para solucionarte la vida... no, no. Estás sola y bien sola, más que nada porque tu familia (casi toda) está a más de 350 kilómetros de ti.
Y como he dicho, después del tormentoso otoño llegó el gélido invierno. Gélido porque resultó que los 30 metros cuadrados se calentaban solo y exclusivamente con un radiador eléctrico que no podías dejar conectado cuando no estabas no fuera que fueras a quemar la casa, y tu propio calor humano. Y... para los que no lo sepan... el calor humano de una única persona y ponerte la calefacción cuando llegas de trabajar a las 5 no es suficiente para mantener un piso, ni siquiera uno tan pequeño como ese, caliente por las noches mientras duermes. Conclusión, me levantaba todas las mañanas a las 7 tiritando y con el cansancio propio de no haber podido dormir bien porque te metías a la cama tiritando.
Por aquella época, el invierno, descubrí también que mi sistema inmunitario no era tan bueno como esperaba. Lo que se podría traducir y abreviar en "catarro que se cogía un niño, catarro que me cogía yo", y eso, unido a mi garganta débil por tener una voz aguda, se trasformó en 'la afonía de nivel 100'.
Por suerte, el señor o quien fuera hizo que el hombre y la mujer tuvieramos la capacidad de adaptarnos y sobreponernos y pronto, un poco más asentada en mi nuevo hogar y respadada por una nueva amiga y compañeros de bandera, comencé a ver más allá de los problemas.
¿Que me cogía todos los catarros de los niños? Pues comencé a tomar propóleo para la garganta.
¿Que con el radiador encendido mientras estaba en casa no paraba de tiritar al caer la noche? Pues me compraba un temporizador para que se enchufara sola una hora antes de llegar y se apagara a la mañana siguiente media hora antes de irme.
¿Que no podía poner la lavadora mientras me duchaba? Pues la lavadora el sábado por la mañana y me duchaba por la tarde.
¿Que tampoco podía ducharme por la noche porque se saltaban los plomos? Pues me duchaba de buena mañana con la puerta abierta, que total el vapor calentaba el piso también.
¿Que no podía cocinar en casa porque no había extractor para los olores y humos? No Problem, baby. Existe una aplicación preciosa para pedir comida a domicilio, lo que te apetezca cuando te apetezca. Por no hablar de que daba gracias a quien fuera que estuviera por ahí arriba por crear los comedores escolares con cocineros de verdad y menú para los profesores con 2 primeros, 2 segundos y fruta o yogur como mínimo para elegir con el menú de alumnos y alternativas de diseño para los profes.
Como dijo un gran sabio, un problema, una solución.
Eso sí, de esta saqué un par de cosas para la próxima:
1) La siguiente vez pediría que el piso tuviera calefacción central y radiadores al menos en salón y habitación.
2) Que la cocina tendría extractor para humos, sí o sí.
Lo que no había experimentado era lo de irme a vivir lejos del hogar sin una expectativa real de regreso, o sea, irme a vivir a otra ciudad y otra comunidad autónoma sabiendo que probablemente ese sea el comienzo de tu vida en solitario.
Mudanzas aparte (que tampoco hubo tanta mudanza), al final terminé viviendo en Móstoles, una ciudad al sur de Madrid (cuando realmente yo venía del noreste del país), en un piso de 30 metros cuadrados.
Treinta metros cuadrados que al principio se me antojaron ese pequeño paraíso propio en alquiler (no todos somos J.K.Rowling para comprarnos un palacio y tenemos que alquilarlo), la siguiente felicidad me vino al poder elegir trabajar dando clases a infantil.
Bueno, pues ni los niños de infantil son todo el rato los angelitos que parecen de fuera, ni vivir en 30 metros cuadrados era el cielo que me imaginaba, pero esta vez hablaremos solo de los 30 metros cuadrados.
Sí, vale, era mi pequeño lugar en el mundo, ese lugar donde vivir como me diera la gana, ser quien quería ser y vivir feliz. Porque después del tórrido verano llegó el tormentoso otoño y luego el gélido invierno. Y no, no es tan metafórico como me gustaría que fuera. Literalmente el otoño fue tormentoso en el sentido no solo de tormentas con lluvia, rayos y demás sino con que vinieron los primeros problemas de mi nueva vida: la falta de experiencia, los problemas más focalizados en dos o tres cursos de los 11 que tenía que dar, que tuviera que dar clase a más de 297 que tenía que conocer por el nombre y saber sus fortalezas y debilidades cuanto antes para poder darles la mejor educación posible, que resultaba que la forma de enseñar en infantil era muy pero que muy distinta a lo que se hace en primaria... y que los 30 metros cuadrados de libertad se iban convirtiendo poco a poco en los 30 metros cuadrados de una pecera donde, sí, ser yo misma pero donde todos los problemas amenazaban con ir ahogándome poco a poco.
Oh, amigos... y claro, ahora ya no servía llorar a papá y mamá y esperar que movieran una varita mágica para solucionarte la vida... no, no. Estás sola y bien sola, más que nada porque tu familia (casi toda) está a más de 350 kilómetros de ti.
Y como he dicho, después del tormentoso otoño llegó el gélido invierno. Gélido porque resultó que los 30 metros cuadrados se calentaban solo y exclusivamente con un radiador eléctrico que no podías dejar conectado cuando no estabas no fuera que fueras a quemar la casa, y tu propio calor humano. Y... para los que no lo sepan... el calor humano de una única persona y ponerte la calefacción cuando llegas de trabajar a las 5 no es suficiente para mantener un piso, ni siquiera uno tan pequeño como ese, caliente por las noches mientras duermes. Conclusión, me levantaba todas las mañanas a las 7 tiritando y con el cansancio propio de no haber podido dormir bien porque te metías a la cama tiritando.
Por aquella época, el invierno, descubrí también que mi sistema inmunitario no era tan bueno como esperaba. Lo que se podría traducir y abreviar en "catarro que se cogía un niño, catarro que me cogía yo", y eso, unido a mi garganta débil por tener una voz aguda, se trasformó en 'la afonía de nivel 100'.
Por suerte, el señor o quien fuera hizo que el hombre y la mujer tuvieramos la capacidad de adaptarnos y sobreponernos y pronto, un poco más asentada en mi nuevo hogar y respadada por una nueva amiga y compañeros de bandera, comencé a ver más allá de los problemas.
¿Que me cogía todos los catarros de los niños? Pues comencé a tomar propóleo para la garganta.
¿Que con el radiador encendido mientras estaba en casa no paraba de tiritar al caer la noche? Pues me compraba un temporizador para que se enchufara sola una hora antes de llegar y se apagara a la mañana siguiente media hora antes de irme.
¿Que no podía poner la lavadora mientras me duchaba? Pues la lavadora el sábado por la mañana y me duchaba por la tarde.
¿Que tampoco podía ducharme por la noche porque se saltaban los plomos? Pues me duchaba de buena mañana con la puerta abierta, que total el vapor calentaba el piso también.
¿Que no podía cocinar en casa porque no había extractor para los olores y humos? No Problem, baby. Existe una aplicación preciosa para pedir comida a domicilio, lo que te apetezca cuando te apetezca. Por no hablar de que daba gracias a quien fuera que estuviera por ahí arriba por crear los comedores escolares con cocineros de verdad y menú para los profesores con 2 primeros, 2 segundos y fruta o yogur como mínimo para elegir con el menú de alumnos y alternativas de diseño para los profes.
Como dijo un gran sabio, un problema, una solución.
Eso sí, de esta saqué un par de cosas para la próxima:
1) La siguiente vez pediría que el piso tuviera calefacción central y radiadores al menos en salón y habitación.
2) Que la cocina tendría extractor para humos, sí o sí.